Letras del pasado... relatos de ficción que -por una vez- cederán su lugar a una realidad cruel, escalofriante e irracional. Le caben mil epítetos más pero ¿para qué seguir?
Hoy, 27 de enero, es el
Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.
Este vocablo,
"Holocausto", proviene del griego
"holo" (total) y
"kaio" (quemar). Antiguamente hacía referencia a un rito religioso consistente en incinerar una ofrenda. En tiempos modernos, alude a cualquier matanza humana de gran magnitud. Empleado como nombre propio, apunta al exterminio masivo y sistemático del pueblo judío residente en Europa a manos del nacionalsocialismo.
En 1933, la nación más culta del planeta decidió ser gobernada por un psicópata que convirtió al continente en un infierno, provocó una guerra mundial e hizo asesinar a millones de seres humanos en nombre de un absurdo que dio en llamar
"limpieza étnica".
Todos hemos oído hablar o hemos leído acerca de campos de concentración, deportaciones, cámaras de gas, hornos crematorios... Paradójicamente, quiero y no quiero escribir sobre ellos.
Yo no estaba allí pero hoy me pongo en la piel de cada una de las víctimas: siento su humillación, su miedo, su hambre, su desnutrición, su sometimiento al trabajo forzado. Mi nombre es rápidamente sustituido por un número tatuado en un brazo, reemplazan mi ropa por un traje rayado, rapan mi pelo... Me convierten en un objeto. Ni siquiera puedo decir que soy
nadie. Ya me transformo en
nada.
Veo paredes arañadas por quienes, aún con vida, fueron introducidos en un horno crematorio. Y no tengo fuerzas para llorar.
Sé que más temprano que tarde, esa
nada que elaboraron de lo que alguna vez había sido mi persona se trocará en un cadáver. Y que con su grasa fabricarán jabones; y con su piel, pantallas para lámparas.
Regreso a 2012.
A los seis millones de mártires, les pido perdón en nombre de todas las buenas gentes que habitan este mundo. Soy mujer y no puedo decir Kadish por ustedes, pero sé que muchos se encargarán de hacerlo.
Al conjunto de seres anónimos y a los ya declarados
Justos de las Naciones, vaya todo mi agradecimiento por haber arriesgado sus vidas en intentos desesperados por salvar las de ellos. Un recuerdo especial para usted, Secretario
Raoul Wallenberg:
Simon Wiesenthal, que luchó tanto para lograr el esclarecimiento de su desaparición, dejó la vida sin haberlo logrado.
Que estén siempre presentes en nuestra memoria.
NUNCA MÁS